Las mujeres shuar de Nankints y Tsumtsuim contra el proyecto minero Panantza-San Carlos

Ubicación geográfica

El proyecto Panantza-San Carlos está ubicado en las parroquias de Santiago de Panantza y San Carlos de Limón en los cantones San Juan Bosco y San Miguel de Conchay del cantón Limón Indaza, comprende un área de 41.760 ha.

Alrededor del proyecto minero se encuentra la Circunscripción Territorial Indígena Shuar Arutam con 200.000 ha, constituida por seis asociaciones: Bomboiza, Limón, Sinip, Santiak, Mayaik y Nunkui, distribuida en 60 centros o comunidades. Este espacio territorial sigue los cursos de los ríos Chuchumbletza, Bomboiza, Santiago, Zamora, Kuankus y sus afluentes, siendo una zona de gran importancia para la regulación del ciclo hidrológico de la región, por su alta biodiversidad.

Los ríos y las cascadas tienen vital importancia para el pueblo shuar, pues sus deidades viven en la naturaleza y Arutam, el espíritu de la selva, vive en la energía de las cascadas.

Breve historia del conflicto

Panantza-San Carlos es un proyecto minero principalmente de cobre (además de oro y molibdeno), cuya concesión pertenece a la empresa china Explorcobres S.A. (EXSA), y se encuentra en la transición a fase de exploración avanzada. Se considera que será la segunda mina de cobre más grande del mundo. Se proyecta construir dos minas a cielo abierto, con una vida útil estimada en 20 años (Environmental Justice Atlas, 2017). El 11 de agosto de 2016, la comunidad shuar de Nankints, asentada en la parroquia Santiago de Panantza, cantón San Juan Bosco, provincia de Morona Santiago fue desalojada de manera violenta de su territorio, mediante operativos policiales y militares desproporcionados.

El 14 de diciembre de ese mismo año, como consecuencia este desalojo, la fuerte presencia militar en tierra y aire produjo un grave enfrentamiento en la zona. Ese mismo día, la declaratoria de Estado de excepción en la provincia de Morona Santiago llevó a una incursión militar nunca antes vista por conflictos mineros en Ecuador: despliegue de tanques de guerra, helicópteros, camiones blindados, miles de militares y policías hicieron parte de esto. Allanamientos a los hogares de las familias de indígenas y campesinas, sobre todo de las parroquias Santiago de Panantza y San Carlos de Limón, indígenas y campesinos apresados y exhibidos públicamente como asesinos, omitiendo la presunción de inocencia como un derecho humano, fueron algunos de los saldos de esta jornada. El Ministerio del Interior promocionó en medios de comunicación escritos, de radio y televisión nacional y local una recompensa de 50 mil dólares para obtener información de los presuntos culpables, situación que ha desencadenado señalamientos y estigmatizaciones sobre dirigentes indígenas que en ciertos casos están en la clandestinidad. Esta situación provocó que muchas comunidades decidieran salir de sus territorios por temor a represaliadas o a ser apresadas.

Territorio Cuerpo
Impactos emocionales, Impactos físicos, Sobrecarga de tareas por roles de género
Territorio Tierra
Militarización del territorio, Vulneración de la soberanía alimentaria, Vulneración de los derechos de la naturaleza
Territorio Organizativo
Criminalización
Actores Agresores
Ejército, Empresa minera, Estado – Instituciones
Estrategias de Resistencia
Alianzas, Iniciativas mediáticas, Movilización
Identidad
Comunidades indígenas
Material de extracción
Cobre, Molibdeno, Oro, Plata
Nombre de la empresa y origen
Explorcobres S.A. (EXSA) – China

Impactos del conflicto

  • Territorio Cuerpo
  • Territorio Tierra
  • Territorio Organizativo

  • Territorio Cuerpo

    En diciembre de 2016, las fuerzas armadas arremetieron en contra de la comunidad de Tsuntsuim bajo el argumento de buscar a los 70 defensores shuar que se encuentran judicializados y en procesos de investigación por asesinato y por ataque o resistencia debido a las acciones de protesta realizadas luego de la desaparición de la comunidad de Nankints.

    Entraron cientos de militares por los cuatro lados, porque había bastante militares shuar, ellos conocen bien. Nos dijeron que ya venían, entonces bastante gente nos fuimos. Los hombres corrieron a las montañas. Las mujeres con los hijos se fueron, así sin nada

    (Testimonio comunitario, 2017) (Acción Ecológica et al., 2017)

    A raíz de esta situación, las familias desplazadas de Nankints, así como las familias de Tsuntsuim, se refugiaron en la comunidad de Tiink hasta inicios del mes de marzo de 2017, cuando iniciaron su retorno. Según relatos de las mujeres y dirigentes comunitarios, durante el tiempo de su ausencia, los militares ocuparon sus casas, las allanaron, robaron y destrozaron sus pertenencias, incluidos sus animales, que les permitían garantizar la alimentación de la familia, también quemaron algunas construcciones de madera y los cultivos, y rompieron muchas de las conexiones eléctricas.

    No podemos trabajar. Yo ya no estoy tranquila para trabajar la tierra porque me da miedo de que vengan cualquier rato. Me duele aquí, en el pecho, no puedo dormir, da miedo, todo el tiempo preocupada por mi familia. Quiero que me den algo para no tener nervios, paracetamol me dieron una vez. No podemos dormir, no podemos trabajar, no podemos comer tranquilos.

    (Testimonio comunitario, 2017) (Acción Ecológica et al., 2017)

    Las huellas de la brutal irrupción del Estado para defender a la minería dejaron un rastro de dolor y secuelas en los cuerpos, las mentes y los espíritus de las mujeres. Esta vulneración se vio intensificada por las responsabilidades y los roles que ocupan las mujeres, aparte de más de 35 familias desplazadas por la fuerza, más de 100 mujeres embarazadas y niños desalojados violentamente con secuelas psicológicas y decenas de líderes perseguidos. Una bebé de 11 meses murió por neumonía después de ser desaparecida; la madre se quedó con secuelas serias y enferma. Las mujeres agarraron a sus hijos y escaparon dejando atrás sus cosas, animales, pertenencias, recuerdos, sueños y añoranzas, lo que ha significado un grave impacto en sus cuerpos y sus vidas. “Yo no puedo trabajar, no duermo bien del miedo. Escuchamos que van entrar los militares. Estoy preocupada por mis hijos, pueden venir y llevarse a mi familia” (Testimonio comunitario, 2017).

    Según los testimonios de varias mujeres de la comunidad, los militares amenazaron con violar a las mujeres que encontraran al invadir la comunidad. Además, fueron sobre todo las mujeres quienes tuvieron que huir hacia la selva en la noche llevándose a sus hijos, a las personas mayores, abandonando sus cultivos y a sus animales (Colectivo de Geografía Crítica, 2018).

    Del mismo modo, la criminalización de los líderes trajo consecuencias para las familias y sobre todo para las mujeres.
    Muchas mujeres tienen la mirada perdida, no establecen contacto visual, su lenguaje gestual refleja nerviosismo y preocupación. Sus responsabilidades se han incrementado, sienten que el mundo es un lugar peligroso y desconfían del Estado porque para ellas solo ha significado persecución y violencia. Otras, en cambio, han hecho de esta circunstancia una razón para dar su testimonio, denunciar y resistir (Acción Ecológica et al., 2017).

  • Territorio Tierra

    Las familias desalojadas fueron obligadas a abandonar sus tierras, a dejar los medios con los cuales producían y a romper el vínculo con su territorio y, en consecuencia, las formas comunitarias de producción y autogestión de los alimentos. Las mujeres como responsables de estas tareas resienten estos impactos.
    Tomando en cuenta que el pueblo shuar era tradicionalmente de cazadores-recolectores, la minería los obligó a dejar esta forma de vida. Aunque se negaron a vender su fuerza de trabajo a la mina, la pérdida de territorio los obligó a buscar fuentes de trabajo asalariado y las mujeres quedaron en situación de doble vulnerabilidad por las limitaciones y la precariedad de las condiciones, además del abandono y la ruptura familiar. “Mi marido salió a trabajar, está como peón trabajando en una finca, con eso nos manda algo para la comida” (Testimonio comunitario, 2017) (Acción Ecológica et al., 2017).

    La violencia patriarcal, asociada al sistema de despojo, dejó a las mujeres que formaban parte del tejido social marginadas de las posibilidades de autonomía en la gestión de alimentos y demás; esto, sumado a que muchos varones de la comunidad tuvieron que esconderse y dejar sus labores familiares, sobrecargando a las mujeres con estas responsabilidades. “No hay quien siembre, ni quite el monte, nos dejaron sin machetes sin nada, se comieron los pollitos, y mi marido no puede salir, tiene que seguir escondido, estamos viviendo del platanito” (Testimonio comunitario, 2017) (Colectivo de Geografía Crítica, 2018).

    Cuando fueron desalojadas, muchas perdieron documentos y papeles, sea por el apuro de la huida o porque los militares destruyeron luego todo. El caso es que hoy enfrentan varias dificultades por los documentos perdidos; por ejemplo, una mujer que necesita presentar el carné de vacunación de las niñas y los niños para seguir accediendo al bono es incapaz de volverlo a pedir porque, ante todo, lo que ha quedado es el miedo (Colectivo de Geografía Crítica, 2018)

  • Territorio Organizativo

    Entre marzo y mayo de 2017 las mujeres, poco a poco, volvieron a la comunidad. Un comunicado oficial del Ministerio de Educación las hizo tomar la decisión: les dijeron que si no había niños en la escuela, la cerraban, en un nuevo episodio de ejercicio de violencia desde el Estado.

    “Así que yo cogí a mis tres hijitos pequeños y me fui caminando. Salimos a la una de la mañana con el resto de la comunidad y caminamos, caminamos”, narra María, que llegó a Quito el 30 de enero junto a sus compañeras Claudia Chumpi, Mónica Ambama y Mercedes Chinkiun para denunciar los abusos sufridos por su pueblo. “Yo quería quedarme en la montaña, pero no había dónde. Es una montaña tremenda y estaba lloviendo, todo estaba húmedo.

    (Colectivo de Geografía Crítica, 2018) CITA

    La fortaleza del pueblo y de la resistencia ha sido mermada por el ejercicio de la violencia, la comunidad ha quedado partida en dos o más pedazos, quedan las mujeres haciéndose cargo del sostén de la comunidad, los niños y los ancianos; los varones, desanclados de sus territorios, salieron a salvar la vida o a buscar trabajo. Esta descomposición comunal organizativa es resultado del ingreso de operaciones mineras que violaron el derecho a la consulta y que están cometiendo etnocidio contra el pueblo shuar.

Estrategias de resistencia de las mujeres

El pueblo shuar ha puesto en marcha todo tipo de estrategias para frenar el despojo: desde la movilización, demandas formales presentadas al Estado, demandas presentadas a todas las organizaciones de defensa de derechos humanos. En el tejido de esta resistencia las mujeres, como guardianas de la cultura, han estado presentes en cada una de las acciones públicas, denunciando la vulneración, mostrando la riqueza cultural de este pueblo; además, han permanecido en el territorio poniendo sus cuerpos individuales y colectivos como última frontera a ser rebasada por el extractivismo minero patriarcal.

Las niñas y los niños de Tsuntsuim tienen menos brillo en los ojos, comen poco y han vivido mucho, pero también cantan. En el aula donde nuestra compañera de brigada dibuja con ellos, empiezan a decir su canción. Primero lo hacen con timidez, como si en el aula saliera apenas la sombra de su voz. Poco a poco nos dejan escuchar, junto con la canción, su risa. Esta canción de cuna es menos triste que “Las nanas de la cebolla”, pero no menos conmovedora. Les escuchamos y sentimos que la vida es menos feroz cuando los niños cantan para arrullarse unos a otros, quizás sin saberlo. La voz de una niña podría arrullar al mundo si ese mundo cesara sus intentos de acallarla.

(Burneo, 2017)

Las mujeres fueron quienes más padecieron los impactos de la apropiación social, material y cultural del territorio, viviendo en una situación de sobrecarga social, afectiva y económica determinante de las graves condiciones emocionales y físicas. A pesar de todo esto, fueron ellas quienes tuvieron la fuerza de retornar a sus comunidades para reconstruirlas y reencontrar modos de subsistencia y resistencia. Sus historias de resistencia y denuncia han tejido estas historias, han recuperado sus ajas, han abrazado a sus hijos e hijas y han defendido sus territorios. Gracias a ellas, la vida en Tsuntsuim ha seguido renaciendo. (Acción Ecológica et al., 2017).

Mientras los anent son plegarias que pueden cantar solo los mayores, esta canción (La barra espaciadora, 2017) es para todos, me dice Fanny. En Maikiuants, su comunidad, también se canta. En esta canción están un pueblo y una memoria que vienen de lejos, y en la voz de estas niñas, una fuerza vital que resiste. Pero eso no es suficiente. Urge mirar hacia Tsuntsuim y comprender que en esa hambruna se despliega nítido el rostro de aquello que la ha provocado: el cerco del Estado a la comunidad para proteger el capital minero. Nada de esto es abstracto, el hambre tirana se cierne sobre los cuerpos porque hay una resistencia que el poder execra, resistencia que ha logrado retrasar la destrucción de la selva por años. Esa resistencia demanda nada más que esto: nacer con tierra, con comida y con derechos. Nada más. Nada menos.

(Burneo, 2017)

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